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2002
- PRÓLOGO
DEL CATÁLOGO DE LA EXPOSICIÓN EN LA OEA,
WASHINGTON DC,
Mónica
Saenz y Mariana Valdés han desarrollado una técnica
nueva que va más allá de su amplia experiencia en
Fresco y Trompe L'oeil. Estos grandes lienzos, similares
en escala a sus trabajos murales anteriores, pero pintados ahora
sobre tela, les permiten explorar recurrentes temas artísticos
en un medio más amplio.
Tanto
la Naturaleza como relevantes emblemas del ambiente arquitectónico
Uruguayo surgen a la vida en esta insólita forma de colaboración
entre las dos artistas: ambas mezclan sus talentos de una forma
tal, que resulta imposible determinar la autoría de partes
específicas de la pintura. Como resultado, las telas muestran
una intensidad de expresión y una calidad técnica
que es generalmente insuperada por sus trabajos individuales.
Estas
obras capturan el sutil sentimiento de alegría en soledad
inherente al ambiente de este pequeño y despoblado país
ubicado en los confines de las Pampas. El mar, los campos intactos
y los árboles de ombú aparecen bajo un cielo nuboso
aunque profundamente azul, que ayuda a exaltar ese espíritu
de gozosa soledad. Pero pocas veces estos paisajes naturales están
contenidos dentro de una serie de detalles arquitectónicos
que van desde una columna clásica hasta una fachada o un
bajorrelieve "art deco" y que son piezas reconocibles
tomadas de íconos bien notorios de la arquitectura uruguaya.
Contrastando
una presencia lejana de la naturaleza con el medio ambiente urbano
a través de detalladas tomas de elementos de edificios existentes,
las artistas presentan una fresca y vívida interpretación
de lo que es el contexto Uruguayo. Ello difiere substancialmente
de los paisajes ciudadanos y de los patios de estancia que han sido
el común denominador de los artistas locales tradicionales,
como Pedro Figari o Juan Storm. Los paisajes rurales y urbanos actúan
como importantes medios de expresión de la cultura local
en la región del Río de la Plata.
Mónica
y Mariana han encontrado un camino alternativo para desenvolver
su arte: ese contraste entre elaborados balcones de mármol
y montes de palmeras vistos a distancia, se vuelven símbolos
simples y directos que nos ayudan a reafirmar las características
únicas de la sustancia Uruguaya.
Dr Antonio Mercader
Ministro de Educación y Cultura
de la República Oriental del Uruguay
2003 - Imágenes Opticas - Elisa Roubaud
Dos
pintoras, Mónica Sáenz (Montevideo, 1957) y Mariana
Valdés (Montevideo, 1964), intentan a cuatro manos la novedosa
tarea de pintar tapices que, a la manera de "trompe l'oeil",
engañan la mirada prometiendo paisajes a través de
ventanas inexistentes. La ilusión óptica funciona
de maravillas: el contemplador se asoma a los lugares propuestos
y los reconoce en una mirada renovadora que integra la flora y las
aves autóctonas en la poesía sobrecogedora que las
artistas entregan con impecable oficio.
Estas obras se exponen en Galería Trench de La Barra de Maldonado.
Mientras Sáenz comenzaba sus estudios de pintura con Jorge
Damiani (1973), Valdés se integró a las clases de
dibujo de Hilda López (1979); y un interés común
por las ciencias de la comunicación hizo que se encontraran
en la Universidad Católica, en 1982. Juntas estudiaron con
Juan Storm (1985) y separadas fueron premiadas en diferentes concursos
nacionales. Fuera del país, si Mónica Sáenz
participó de una muestra de arte naif en París (1977),
Mariana Valdés estudió pintura con Luis Felipe Noé
en Buenos Aires, donde asistió a la escuela superior de Bellas
Artes "Ernesto de Cárcova" (1987). El taller de
Clever Lara, la Galería Tempo, y la de Juan Enrique Gomensoro,
son instancias que preceden esta experiencia feliz de los tapices
pintados, después de haber trabajado juntas en la pintura
de murales y pátinas (1990-2001).
Ambas pintoras intervienen en todas las telas y sin embargo no se
advierte la huella personal del dibujo o la pincelada. De la misma
manera que en los más antiguos tapices orientales, o los
primeros que en Occidente realizaron artesanos franceses y de los
Países Bajos en los monasterios durante la Alta Edad Media,
quienes heredaban por generaciones el trabajo y completaban puntos
y colores en obras que trascendían el período de sus
vidas, indistintamente Mónica y Mariana pueden continuar
el gesto y la pincelada que se confunden en la unidad del paisaje
elegido. Trabajan sobre fotografías tomadas en lugares que
las artistas privilegian por su belleza natural; estudian su flora
y las aves que allí anidan y cantan: como una marca de esta
sensible tarea, en el marco de cada ventana ilusoria hay un pajarito
que responde perfectamente a las características de un ave
de la realidad. Tal señal remite a la flor que en la base
de los paisajes o las naturalezas muertas indicaba la mano de Storm,
la cifra de su sentimiento, al colocar un elemento natural y decorativo,
discretamente integrado en la severidad de sus composiciones.
El más antiguo tapiz del que se tiene conocimiento hasta
ahora fue encontrado en las estepas, en Pazyryk y por su similitud
con ciertas telas decorativas aqueménidas, su composición
perfectamente equilibrada y dividida en compartimientos regulares
adornados por rosetas que predicen la época clásica
y bien posterior, el diccionario Larousse afirma que se supone su
origen iraní. Esta referencia permite aquilatar cuan larga
es la historia de las paredes cubiertas por tejidos que cumplen
una función decorativa y que cortan con una visión
natural el lleno de una superficie que, al sostener lo edificado,
impide el contacto con la luz.
Luz, aportan los tapices actuales de Sáenz y Valdés.
Con infinitos verdes y azules de campos y ríos uruguayos,
se encuadran en los tradicionales marcos de ventanas, o en la piedra
rústica, o en paredes que claramente repiten estilos arquitectónicos
que remiten a la ciudad. Luz y colores que responden a las exigencias
de la arquitectura de hoy. Porque las paredes ya no son transparentes
como algunas decenas de años atrás, siguiendo la escuela
de Frank Lloyd Wright; ni se multiplican las terrazas, los ventanales,
las decoraciones en la materia misma de los llenos, que distinguieron
las obras del arquitecto Vilamajó, dejando honda huella en
la formación profesional y en los edificios de este país.
La arquitectura más reciente parece centrarse en el interior
de lo construido, creando vastos espacios que no se abren al exterior
sino por ventanas de tamaño regular, tal vez como una forma
de proteger la intimidad. Para estas viviendas o para las salas
de recepción de edificios públicos que por sus dimensiones
necesitan la decoración de mayores superficies, la solución
de Sáenz y Valdés resulta adecuada. Si a esta feliz
oportunidad del recurso decorativo se suma la perfección
de su ejecución, el brillo del color, la poesía que
inunda estas telas que partiendo de una fotografía evitan
el fácil naturalismo y ofrecen al contemplador una importante
dosis de ensueño y abstracción, queda bien justificado
el esfuerzo de las artistas que por muchas horas se vuelven artesanas.
Cumplen con ello la función que les pide el tiempo que les
ha tocado vivir. Con elementos locales crean una pintura aparentemente
utilitaria que sin embargo habrá de durar, porque sus valores
plásticos son universales.
Elisa Roubaud
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